sábado, 30 de agosto de 2014

De maese Sancho y la somanta de palos que le dio su señor don Quijote…

No creerán vuesas mercedes lo que agora mesmo les contaré, que no es traído aquí de mi corto ingenio por boca mía y letra de este bachiller Carrasco que pagué, sino por derecho del destino que nos aguarda a la puerta, que entrando pronto ya no logras sacarlo, ni así del aposento, ni de la cuadra, ni tampoco de la pocilga, tal es su encono, y el esmero con que se aplica.

Primero es decir que maese no soy sino de asnos y borricos, que si en eso haya dignidad y título, a mí primero me toca, pero quiere el licenciado que me cobra dineros darme tratamiento, y no es cosa de desairar a quien, pagado, pueda en su adentro guardar malicia para escribir cuanto le venga en la gana, que así como soy, según dicen, maese, tampoco sé letra alguna, y no teniendo modo ni manera de saber en qué dice el escribiente verdad o en qué la falsedad que quiera sobre mi persona, habré de resolverme de acuerdo y sin rechistar.

Cierto es, que escrito está, que a mi burro lomolieron a palos entre mi señor don Quijote y este Sancho escudero, que de cano es tan rucio como el asno. Y, queriendo ese sino que señalo antes no dejar nada al azar, tocóme también a mí en mis propias carnes tal molienda que no la deseo para hijo nacido de madre, ni para diablo engendrado por demonia, si es que eso se puede decir sin pecar ofensa contra nuestra Santa Madre Iglesia o su Suprema delegación. No corrigiéndome el bachiller, doy por cierta la dispensa, que mejor sabrá él de cosas divinas que un simple escudero de aldea del Campo de Montiel.

Los palos no llovieron sobre los lomos de este Panza, o Zancas, que de todos modos me llaman, sin motivo, bien es así, pero no crean vuesas mercedes todo lo que les digan, que aquí está escrita la verdad. El manteamiento en la venta que mi señor creyó castillo encantado, no parecióme a mí tan gravoso como las puñadas, a cientos, ¡qué digo!: a miles, si la cuenta no perdí, que mi señor don Quijote, caballero andante, de sesera ida y sin parar mientes, me dio. No queriendo más extenderme, relataré a vuesas amplísimas mercedes lo que aconteció, que fue, por más señas, al regreso a la aldea desde nuestro destierro en Sierra Morena, donde mi amo, en pellote vivo, quiso penar como un señor Amadís que me dijo, al que no conozco de nada.

Después que anduviera buscando a mi señora Dulcinea por encargo de este don Quijote que me manda, nuestros paisanos, el cura y el barbero encontráronme, y volvimos todos de la Sierra a la aldea, adonde mi señor habría de llegar enjaulado con artes de engaño para disuadirle de sus locas andanzas. Pues, como no era mi culpa semejante afrenta a un caballero andante, no viendo él que el encantamiento fue obra de estos que dije, cura y barbero, volvió a mí su furia de tal modo que solo paró de molerme cuando creyóme matado, tantos y en todas partes fueron los golpes. Y esto sucedió cuando, entre la venta y la aldea, soltaron a mi señor del enjaulamiento ante sus súplicas para aliviarse, y que no tuviera que pasar la afrenta de ensuciar un caballero calzones y jaula como bestia del monte, que si con artes encantadas allí lo metieron, él, por su mucha inteligencia y alta hidalguía, supo salirse con astucia e ingenio. Fuera de la jaula, lo acompañé tras unos matorrales altos que había, y me asió del brazo que más cerca tenía y me habló muy bajo:

–Tente, Sancho, que por allí veo venir una compaña de la Santa Hermandad. Aprovechemos esta oportunidad, y dejemos a nuestros magos encantadores con la prisión vacía, que no es cosa digna de un caballero andar acuclillado ni a cuatro patas en ese artilugio infernal, que no siendo digno no hacerlo, lo es menos para la física que nos acomete, como mortales criaturas de Dios. Pero esto que te digo, Sancho, aunque no lo comprendas, es ciencia cierta, que probado está. Tú no te preocupes, y acerquémonos, y preguntaré dónde está el camino que por ventura perdimos…

Yo temía mucho que mi señor, vuelto a la libertad, no desvariase de nuevo y me metiera en aventuras de las que no habría de salir bien parado, porque el cura y el barbero, extrañados de tanta tardanza en evacuar, ya andaban inquietos. Miré hacia donde don Quijote me indicaba, pero solo vi una recua de mulos levantando polvo en lo que él creía Santa Compaña…

–Mire vuesa merced que esos que vienen no son sino mulos de carga, y no la Santa Hermandad, y quiera nuestra señora Dulcinea no confundirle más, porque el señor cura está desconfiado y creo que viene ya…

–¡No temas, Sancho, que estás bajo mi protección, y nada malo puede pasarte siendo yo tu valedor, que ni todos los curas del mundo podrán acecharnos; antes los deslomaremos…!

Mi señor echó mano a la espada, pero como no la tenía, porque lo habían desarmado para enjaularlo, blasfemó y juró, y se revolvió, conjurando a los demonios del encantamiento. A sus voces, asomaron por los matorrales el cura y el barbero, y hasta Rocinante se llegó a ver el alboroto. Don Quijote, que vio a su montura cerca, brincó con tanto empeño sobre el pobre jamelgo que a punto estuvo de echarlo a tierra. Pero, cosa sorprendente, aguantó la embestida del loco hidalgo, y relinchó, no sé bien si de dolor o de sorpresa, o de ambas y las mismas cosas, y salió disparado, que es como decir un ligero trote, poco más deprisa que andando.

–¡Sígueme, Sancho, y olvídate de la Compaña, que vamos a asediar el castillo encantado! –tuve tiempo de oír a mi señor que me gritaba.

¿Qué podía hacer yo, sino ir adonde me dijera? Corrí cuanto pude y me subí al asno, y me puse en pos del polvo que Rocinante levantaba, para llegar a la venta antes que nos alcanzaran. Cuando caballero y escudero, animales sobre animales, nos emparejamos, casi agotado ya el rocín de mi señor, aún tuve resuello para decir:

–Que eso que ahí vemos no es castillo, sino la venta en que me mantearon… Y si a ella volvemos, a buen seguro que nos harán pagar lo que a deber dejamos, que esas gentes no andan sobradas más que en malicia, golpes, y buen queso…

–¿Desvarías, Sancho, pobre ignorante? ¿Dónde viste tú venta ni queso que dices? ¡Basta de predicar como un cura…! –se paró de pronto, hinchando la vena que tiene al cuello más gruesa que las otras–. Es fortaleza encantada, torreón de un amo de los de Alá, sin duda. ¡Anda al punto hasta el castillo, que será morada de algún poderoso moro, tal es el lujo de esas almenas, que llegando yo de aquí a poco, tengan puesta la mesa, y el mantel extendido, por no recibir a un caballero andante de menor guisa que a señor noble, o a gobernador de ínsula, o a príncipe de tierras lejanas…!

–No sé qué dice vuesa merced… –dije, con temor, ante el soliloquio de don Quijote, por sacarle destas imaginaciones.

–Oyes solo lo que quieres, Sancho, como todos los sordos… –volvióse mi señor hacia mí, con el puño blandido, amenazante, y diome grandes voces porque me acercara a la malhadada venta–. ¡Anda, Sancho, ruin escudero, y anuncia a tu señor…! Que así como tuvimos que derribar a los gigantes que había, asimesmo hemos de tomar este castillo encantado si no nos abren de grado la puerta. Y, quién sabe, Sancho, si tras sus muros gruesos no estará mi señora Dulcinea, cautiva de este príncipe moro encantador de damas, que si así fuera, yo la salvaría y desfaría el encantamiento, y quizá, si la suerte nos sonríe, hasta le quitara el dominio y lo pusiera en tus manos, que así serías gobernador del castillo, entretanto no alcancemos la ínsula que te prometí…

Llegados a este trance, era tanta la locura de mi señor y el temor de este escudero, que hasta mi jumento se espantó de sus palabras, y salió de estampida dándome conmigo a tierra. Y, creyendo mi amo que era fingimiento mío por no obedecer su mandamiento, descabalgó de Rocinante, y a punto de caer al suelo estuvo si no le agarrara por la hoja de lata que tenía de armadura, que más me valiera haber salido por piernas, porque, así se vio en vertical, empezó mi señor a molerme en tantas partes de mi cuerpo que no lo contara si no me cayera, entre verdad y doblez, y quedara extendida mi escasa talla sobre el polvo del camino. Que, teniendo mi señor don Quijote por cierto que habíame muerto de los palos, se tranquilizó de la ofuscación que llevaba, y echóse al lado conmigo, y puso los ojos mirando al cielo, y habló como consigo solo:

–Tienes, Sancho, la suerte en la cara, que si no te creyera matado, yo mismo te llevaría a la Muerte con estas manos... Las pocas mientes que tenías se van, paréceme a mí, agrandando cada día, y hasta eres más alto que antes, si estos ojos no me engañan. Aunque pareces persona, eras bestia para las cosas del entendimiento, y si simple cuando abandonamos la aldea para recorrer el mundo y encontrar nuestro imperio y los prodigios que viste, y los que veredes, agora no te tendría por menos que el cura, o algún bachiller, tantas y tan maravillosas cosas aprendiste, que, cuando te dé, por fin, tu ínsula, tendrás mucha más razón y comedimiento para su gobierno. ¿Es cierto cuanto digo, Sancho, o ya lo soñé ayer?

Yo, que mucho temía mi respuesta, por no airar a mi señor y que volviera de allí a poco a darme puñadas, tuve al final que responder lo que supe, que ya mi pecho se agitaba de nuevo con la normal respiración después de aguantarla cuanto más pude.

–Cierto es…


sábado, 2 de agosto de 2014

Astronomía

En la gran guerra
de espíritus,
con tanques de papel
se disparan,
símbolos de la paz acorazada
donde se crece o se mengua,
se olvida o se recuerda,
se vive o muere,
se queda o se destierra
el espíritu, sólo un espíritu
en el canal de la sangre
y en puentes de vacío,
indefinidos.

                                       Y.M.S.


domingo, 20 de julio de 2014

El perro del psicólogo

Una vez, hace ya mucho tiempo, me preguntaron qué lugar creía ocupar en el rebaño… Entonces, mi mente andaba escasa de iluminación, a media luz, podríamos decir, casi como ahora… casi. No comprendí bien la pregunta, ni siquiera le encontré sentido, pues uno estaba a otras cosas, al mundo disipado…

Hoy, el escribidor que soy relumbra en la oscuridad siniestramente, como los fuegos santélmicos, al recordarlo y admitir, por fin, que hay un lugar que ocupar. Sin embargo, soy yo quien se formula ahora la pregunta, la misma de entonces… Y surgen, inmediatamente, como de ningún sitio, otras preguntas, a cual más insidiosa, más impertinente, más desesperante… Una de ellas, no la preferida, pero sí una que puede prestarse a interpretaciones variopintas, es: ¿qué necesita un pastor para conducir su rebaño? El repertorio de respuestas es amplio, sin duda, y la casuística tan grande que, casi con total seguridad, habría que bucear en el acervo popular para hilar, entre todas, una con mayor merecimiento que las demás. Y, ¿cuál sería ésta? Tras mucho andar los caminos, tuve que optar, finalmente, entre dos, sin que ello implique mayor dualismo que la necesidad imperiosa de concretar lo sabido…, o aprendido.

La primera de estas respuestas categóricas es conocer bien a las ovejas, y la segunda, tener buenos perros. Aunque, en definitiva, ambas parecen depender del pastor, una lo hace en mayor medida que la otra, pues si bien el conocimiento de los animales anda tras ambas, solo en el primer supuesto, conocer al rebaño, es directamente responsable el hombre, ya que los perros serán buenos o malos con independencia de los deseos del pastor, quien, lógicamente, preferirá los primeros a los segundos, por más que en ocasiones se vea forzado a cargar con estos últimos, por distintas razones que ahora no hacen al caso ni aportan nada sustancioso a su desentrañamiento.

La ortodoxia demandará del pastor el ejercicio del control sobre el rebaño, y sobre los perros. Sin embargo, en el sistema cerrado que configuran tanto estos dos actores como los sujetos de sus acciones, las ovejas, no es raro encontrar que su funcionamiento (el del sistema) se produzca de manera inercial, ya que todas las partes parecen conocer su papel en él. Jamás las ovejas reaccionarán, ni contra el pastor ni contra los perros, pero, dejadas a su albedrío, y careciendo de éste, tenderán a la dispersión evidente del rebaño, falto de guía (¿acaso los carneros recuerdan su papel ancestral en la manada?, porque pareciera que las ovejas nunca fueron, en realidad, animales salvajes), que terminaría, de este modo, malogrado. Por eso, se impone la presencia de los perros, verdaderos artífices de la armonía en la comunidad lanar, pues, atendiendo los requerimientos del amo, del pastor, poseen no obstante un mecanismo automatizado de funcionamiento completamente independiente de piedras, silbidos y gestos. Llega un momento, en consecuencia, en que la figura del pastor solo es relevante para el tráfico mercantil del rebaño, quedando su cuidado en el tránsito estacional a cargo de los perros.

Cosa distinta es el periodo estabular, durante el cual ni perros ni pastor parecen ser requeridos ni necesarios en el negocio, ya que el rebaño, cómodamente apacentado, carece de cualquier necesidad distinta a su regular manutención, bastando poco para la supervivencia.

Si a estas alturas, sufrido lector, ha logrado comprender usted algo de todo lo que lleva este escribidor redactado, le ruego, por caridad, que me lo haga saber para poder entender cuanto escribí, fruto de no sé qué razonamientos… No obstante, téngase en cuenta que los perros habrán de dar la medida real del pastor, y, en última instancia, del rebaño.


sábado, 5 de julio de 2014

Ramón Bonifaz, el almirante fantasma

No es mi intención desilusionar a nadie. En absoluto. Sobre todo, a esos burgaleses orgullosos de su tradición y de su pasado, de su historia milenaria, de su sentimiento de pertenencia a algo superior, más grande que una tela o un pedazo de tierra… Por eso, para que, quizá, conociendo un capítulo demasiado manido y adulterado de esa historia, puedan tener otra versión de la verdad que se esconde tras el mito secular y las biografías bienintencionadas, me permitiré, en las líneas que siguen, trazar un esbozo de este Ramón Bonifaz, que tan buenos servicios prestó a su Rey.

«Desque el rey don Fernando fue llegado a Jahen, ca asy yremos yendo cabo adelante por la estoria, vino y Remon Bonifaz, vn omne de Burgos, uer al rey. Al rey plogo mucho con el, et desque ouo sus cosas con el fablado, mandol luego tornar apriesa que fuese guisar naues et galeas et la mayor flota que podiese et la meior guisada, et que se veniese con ella para Seuilla, quebrantar ese fuerte et alto capitolo del coronamiento real del Andalozia, sobre que el queria yr por tierra et por mar».

Este pasaje de la Primera Crónica General de España (PCG II, cap. 1075) resume brevemente la entrevista que tuvo lugar a principios de 1247 en Jaén, y el encargo que Fernando III hizo a Bonifaz, rico hombre y alcalde de Burgos en esa época, para que armara una escuadra de barcos que viniera a reforzar el cerco terrestre que sus ejércitos habían establecido sobre la ciudad hispalense.

Después del encuentro, partió Bonifaz para el Cantábrico a cumplir el encargo real, y don Fernando hacia Córdoba, para proseguir con los preparativos militares del asedio a Sevilla, a la espera de la flota. Unos seis meses hubo aún de esperar el Rey su llegada, que se produjo entre julio y agosto de ese mismo año 1247. Poco tiempo, en  realidad, si tenemos en cuenta la compleja tarea que entrañaba construir, armar y avituallar, tanto de enseres como de tripulación, una sola nave de guerra; cuánto más hasta trece, que es la cifra que las fuentes de la época dan para esta armada castellana. Es bastante probable que gran parte de los barcos ya estuvieran construidos, pues serían los mismos que, en 1245, habían participado en el bloqueo naval de Cartagena llevado a cabo por las tropas del entonces infante Alfonso (futuro rey Alfonso X), hijo de don Fernando. Siguiendo la costumbre, esta armada habría sido licenciada al concluir la campaña de la conquista de Murcia, de modo que tan rápida respuesta por parte de Bonifaz habría sido posible porque las galeras utilizadas en el bloqueo de Cartagena estarían aún en buen uso en los puertos cántabros, donde habrían sido incorporadas por Bonifaz a la flota de Sevilla, al tiempo que reclutaba, también, naves de carga.

Con ocasión del bloqueo de Cartagena, el Rey le había confiado el mando de la escuadra castellana a Roy García de Santander, pero, en el cerco de Sevilla, en cambio, decidió prescindir de sus servicios y contar con Ramón Bonifaz, del que probablemente tuviera referencias gracias a las relaciones del burgalés con el entorno de la corte, su conocimiento de las cosas de la mar, y su buena posición económica.

La llegada de la flota de Bonifaz marcó el inicio de la segunda y definitiva fase de la conquista de Sevilla, pues vino a completar el cerco cristiano sobre la ciudad, que ya duraba varios meses. No obstante, pese a que la escuadra castellana derrotó a otra más numerosa enviada desde el norte de África en auxilio de la ciudad, e impidió la llegada de refuerzos por vía fluvial, no se consiguió aún el bloqueo efectivo de los sitiados. El principal motivo era la insuficiencia de las tropas castellanas, ya que Sevilla se alzaba sobre un extenso perímetro cuyo control total era difícil de conseguir. Durante todo lo que restaba de ese año, las tropas cristianas se limitaron a mantener y consolidar sus posiciones, pero sin acometer empresas de envergadura. Sevilla, mientras, seguía recibiendo suministros desde el Aljarafe a través del puente de barcas que los sitiados habían tendido entre la zona del Arenal, en la margen izquierda del Guadalquivir, y el castillo de Triana, al otro lado del río, una zona demasiado amplia para que los hombres del Rey pudieran ejercer sobre ella un control efectivo.

En ningún momento del asedio, sin embargo, intentaron las tropas castellanas un ataque general con el objetivo de rendir la ciudad por las armas, y las acciones militares se limitaban a escaramuzas protagonizadas por parte de ambos bandos, cuyos resultados no eran determinantes en modo alguno, si bien contribuían a socavar psicológicamente al enemigo. Finalmente, sabedor don Fernando de que si no lograba un completo y efectivo bloqueo no sería posible obtener la victoria, en mayo de 1428 ordenó a la flota que destruyera el puente de barcas de Triana, con la convicción de que así terminaría con el abastecimiento de la ciudad. No obstante, y a pesar del rotundo éxito del ataque de las naves castellanas, esta acción prácticamente no tuvo trascendencia en el desarrollo global de la campaña, por cuanto los sevillanos continuaron abasteciéndose aún un tiempo a través de barcazas y todo tipo de medios capaces de atravesar el río, y no sería hasta meses después, en noviembre de 1248, cuando por fin claudicaría Sevilla, merced a la misión de policía fluvial llevada a cabo de manera eficaz por las galeras castellanas, que lograron interrumpir definitivamente la línea de abastecimiento que sus habitantes mantenían abierta a través del Guadalquivir.

Hasta aquí el relato de los acontecimientos, lo que sabemos de manera fehaciente porque así consta en las fuentes documentales, sin adornos, tergiversaciones o tendenciosidad. El hecho de que la presencia de la flota castellana fuera determinante para la rendición de Sevilla, no debe desviarnos, empero, del estricto discurrir histórico, que camina por sus propios senderos, a los que hemos de acudir a buscar su rastro. Nada que objetar. Cuando se pretende parodiar la historia, y elevar a verdad incontestable la simple presunción, rodeándola de un halo legendario, habremos de estar alerta…, y enfrente. En este sentido, el episodio del puente de barcas de Triana se erigió en símbolo sobre el que se fundamenta la gloriosa leyenda de Ramón Bonifaz, cuya figura se ha visto sin duda sobredimensionada por un velo no exento de cierta propaganda, amplificado a través de los siglos hasta elevarlo a la más alta cúspide del Almirantazgo castellano. No obstante, en la época en cuestión no existía tal institución, y ni siquiera marina de guerra tenía aún Castilla, por lo que difícilmente pudo haber sido Ramón Bonifaz su almirante.


domingo, 22 de junio de 2014

La otra primavera árabe...

Suponiendo que toda cultura atraviesa por distintas fases a lo largo de su existencia (pongamos cuatro, a saber: eclosión, desarrollo, madurez, decadencia –que puede conllevar, o no, su desaparición), y suponiendo, también, que nuestra cultura occidental no tiene por qué sustraerse a esta regla universal –lo que es mucho suponer–, diría que ahora nos encontramos, no obstante, en una interfase entre la tercera y la cuarta, que bien podríamos denominar de resignación ante lo que, inevitablemente, vendrá; quiero decir, ya está viniendo.

Por lo que respecta a la cultura árabe, creo que no hace falta señalar, aunque nuestros chavales de hoy no hayan hecho la EGB, que hace mucho tiempo que periclitó, por lo que esto que ahora vemos no pertenece al fascinante y ya casi olvidado esplendor árabe, de Arabia. Podremos llamarlo como más nos guste o dé la gana, pero no, desde luego, cultura árabe. A finales de 2010, una chispa intentó prender, y hubo un amago de libertad que fue ahogado apenas surgió, y cuyo resultado no ha sido, como muchos quisieron y desearon, un grito de justicia, un canto a la esperanza de un mundo mejor… Unos años después, comprobamos que ese intento democratizador no arraigó en absolutamente ninguno de la docena y media de países a los que, con mayor o menor intensidad, afectó el movimiento, desde Túnez, donde surgió, hasta la tradicional Palestina. En algunos de estos países, los gobiernos aparentemente libres, elegidos por el pueblo, están bajo la coacción constante de multitud de grupos, milicias y sectores reaccionarios vigilantes; en otros, la primavera se marchitó rápidamente, y fue reprimida con ferocidad, acallando toda disidencia; en los menos, leves concesiones por parte del poder sólidamente establecido apaciguaron casi de raíz los incipientes movimientos de protesta; y, en Siria, la oleada de libertad desembocó en una terrible guerra civil.

No sé si ese movimiento reivindicador tuvo un origen espontáneo o fue fruto de una actuación política perfectamente calculada y dirigida por ¿quién? En todo caso, estos tibios intentos de exportar la democracia capitalista a esos lugares llenos de bárbaros islámicos han fracasado, y el buenismo paternalista occidental es historia… Frente a eso, surgen, amenazadores, otros actores que quieren tomar el relevo de los revolucionarios de la primavera árabe, pero en una dirección completamente distinta: en los países en los que Occidente intervino para erradicar el Mal (Afganistán, Irak…, quizá pronto Irán, y otros donde aún existe, en apariencia, una sólida estructura de poder), hoy están en auge movimientos islamistas radicales que, a sangre y fuego, avanzan arrolladores hacia la conquista de un nuevo al-Ándalus, mucho más extenso que el anterior pero, al mismo tiempo, más feroz, desintegrador y, por supuesto, en absoluto portador de cultura y civilización.

Si tras estos nuevos revolucionarios de primavera está única y exclusivamente el fanatismo religioso musulmán, o si, por el contrario, esto solo es una excusa tras la que se esconde un complejo juego de intereses geoeconómicos con el petróleo y su control como telón de fondo, es algo que este escribidor desconoce, pero que no puede, en modo alguno, descartarse.

Así, queridos lectores, y aunque en principio no parezca haber conexión alguna entre los distintos escenarios de actuación, las manías persecutorias de los conspiranoicos tienen un contrapunto contundente y terroríficamente real en lo que se ha dado en llamar capitalismo neoliberal, que no es otra cosa que la verdadera conspiración mundial de unos pocos contra unos muchos, o sea, contra todos, si bien disfrazada de sistema igualitario e identitario de oportunidades, donde cada uno puede encontrar su lugar, y donde hay un lugar –numerado y reservado– para cada uno, se sea moro o cristiano.


sábado, 7 de junio de 2014

Nihilidad

Hoy, el escribidor no tiene nada que decir, no encuentra nada que motive su escaso vigor… No tiene conocimiento de sí, ni apenas del mundo. Hoy, la tristeza, que no es nada comparable a cualquier otro sentimiento humano, ocupa un lugar vacío en el tránsito de la vida, y marca el fracaso del individuo frente a sí mismo. Hoy, al escribir estas palabras, vuelve al seno primigenio, donde la inconsciencia es frontera de la realidad… Hoy se humilla, sereno, casi seguro de nada. Mañana solo es un adverbio de tiempo.


domingo, 1 de junio de 2014

Tos perruna

Camino por la acera, intentando ponerme a salvo de las varillas asesinas de los paraguas que, hostilmente, manejan los viandantes con efectos devastadores… ¿Dónde estaré más protegido, bajo alero o bajo el agua clarificadora de ideas…? Decido saltar al medio de la calle peatonal, a resguardo de las homicidas gentes. La lluvia resbala por mi rostro, tras dejar anegado el pelo cano, buscando sin prisa el cuello de la camisa, empapando el impermeable en una paradoja estridente de imposible correlación…

Siento la presión del aire en mis oídos, pero no me quejo. Miro el rostro de un intrépido transeúnte, a quien tampoco amedrenta la persistente lluvia. Veo en su cara juventud, ilusión, decisión…, desconocimiento pleno de lo real. Solo el agua que enmaraña su largo cabello negro.

Si hay ira, ¿por qué no brota? Si la rabia muerde como hienas que han perdido la vergüenza de su especie, ¿por qué se esconde? Si hace frío, ¿por qué me sofocan las gotas húmedas de mi sudor? Toso, agónico, metálicamente… Quiero hablar, y la palabra surge maldita, fallida… Grito, pero no me oigo, no me oyen…

Caigo, envuelto en el negro lienzo de mi sepultura, rodeado del ánimo que me abandonó. Pero el animismo no es la ciencia que estudia los estados de ánimo, porque el animismo no existe más que para insuflar hálito en la muerte. Pero, si estoy muerto, ¿por qué sigo tosiendo?